Si estás leyendo esto es porque en algún momento decidiste dejar tu mail para recibir estas cartas. Gracias por abrir este pequeño espacio.
Hace tiempo vengo pensando en la extraña paradoja de nuestra época: nunca hubo tanta información sobre espiritualidad, tarot, astrología, símbolos. Y, sin embargo, rara vez se escucha silencio alrededor de esas palabras.
Todo parece disponible, inmediato, listo para consumir.
Tiradas rápidas, fórmulas para manifestar lo que deseamos, respuestas en diez pasos.
El problema no es que existan esas cosas.
El problema es que el símbolo no funciona así.
Un símbolo no es una respuesta.
Es una pregunta que se abre.
Y abrir una pregunta requiere algo que hoy parece escaso: tiempo, atención y cierta honestidad con uno mismo.
Por eso nace este espacio.
No como un canal de contenido espiritual ni como un lugar donde encontrar soluciones rápidas, sino como un lugar de contacto. Un momento para detenernos en medio del ruido y volver a la fuente.
Acá voy a escribir sobre símbolos vivos: el tarot, el ritual, la tradición esotérica, el mito.
No como curiosidades ni como mercancía espiritual, sino como herramientas de lectura y de trabajo interior.
El símbolo interesa cuando toca la vida real.
Cuando incomoda.
Cuando obliga a mirarse con un poco más de profundidad de la que uno estaba dispuesto.
A veces una carta del tarot no explica nada, pero deja una imagen trabajando adentro durante días.
A veces un símbolo aparece en el momento justo y ordena algo que estaba disperso.
Y a veces simplemente abre una conversación que no sabíamos que necesitábamos tener.
La idea de estas cartas es esa: mantener abierta esa conversación.
No van a llegar todas las semanas ni van a intentar tener siempre una respuesta.
Van a aparecer cuando haya algo que valga la pena pensar juntos.
Porque si el símbolo todavía tiene algo que decirnos, probablemente no sea para ofrecernos certezas rápidas, sino para ayudarnos a mirar un poco mejor lo que estamos viviendo.
Y tal vez la primera pregunta tenga que ver con algo bastante simple.
Si decimos que queremos volver a la fuente, tendremos que hacer algo distinto.
Porque si seguimos aceptando que un algoritmo decida cómo tenemos que hablar, qué formato usar, qué ritmo producir y hasta de qué manera comunicarnos entre nosotros, entonces el ruido no está solo afuera.
La pregunta es incómoda, pero necesaria:
¿cuánto de ese sistema que decimos criticar seguimos sosteniendo todos los días con nuestras propias decisiones?
Quizás el trabajo con los símbolos empiece justamente ahí. En la pregunta hacia adentro.
—
María Eugenia
(o, si preferís imaginarlo así, un Conejo Blanco)
