Con la primera carta quedó dando vueltas una pregunta incómoda.
Si el ruido no está solo afuera, sino también en lo que sostenemos todos los días, entonces quizás el primer gesto no sea buscar más información, sino cambiar la forma en que nos vinculamos con lo que ya está ahí.
Y ahí es donde el símbolo aparece de otra manera.
No como algo que se interpreta rápidamente, ni como un código que alguien traduce por nosotros, sino como una experiencia.
Desde siempre, el ser humano trabajó con símbolos para atravesar lo que no podía nombrar de otra forma.
Mucho antes de cualquier teoría, de cualquier sistema, de cualquier manual.
El hombre primitivo dibujaba sobre su cuerpo, sobre las paredes, sobre los objetos.
No como decoración.
Como forma de intervenir en su propia realidad.
Como forma de curar.
Pero quizás no en el sentido en que hoy entendemos la cura, sino como una manera de ordenar lo invisible, de dar forma a lo que todavía no tiene palabras.
Ahí hay algo que no perdimos del todo, pero que muchas veces dejamos de usar.
Porque estamos acostumbrados a tratarnos como si fuéramos estructuras fijas: rasgos, diagnósticos, etiquetas.
Pero en la práctica, la experiencia humana se parece mucho más a un símbolo que a un signo.
No somos unívocos.
No somos una sola cosa.
Somos capas de sentido, tensiones, contradicciones, imágenes que aparecen y desaparecen, relatos que se transforman con el tiempo.
Somos, en ese sentido, profundamente simbólicos.
Y quizás por eso, cuando uno decide trabajar con símbolos —no consumirlos, no repetirlos, sino trabajarlos— empieza a pasar algo distinto.
No porque el símbolo “cure” en un sentido mágico, sino porque abre.
Abre asociaciones.
Abre preguntas.
Abre zonas que estaban cerradas o automatizadas.
Trabajar con un símbolo puede ser tan simple como sostener una imagen, una carta, un mito… y dejar que empiece a decir algo en lugar de correr a explicarlo.
No es inmediato.
No es cómodo.
Pero es profundamente transformador.
Porque en ese movimiento, uno deja de buscar respuestas externas y empieza a construir una relación más directa con su propia experiencia.
Y eso, en algún punto, ya es terapéutico.
No como solución.
Sino como proceso.
Quizás entonces la pregunta no sea qué significa un símbolo.
Sino algo un poco más incómodo:
¿qué pasaría si en lugar de intentar entender los símbolos, empezaras a usarlos para pensarte?
—
María Eugenia
(o, si preferís imaginarlo así, un Conejo Blanco)

