A esta altura podría parecer que el símbolo es una especie de llave.
Algo que, si se usa bien, abre. Ordena. Destraba. Y, en parte, es cierto.
Pero hay algo que urge decir, aunque no sea tan atractivo: no siempre pasa algo. O no siempre pasa lo que uno espera.
Uno puede sentarse, mirar una imagen, trabajar con una carta y sentir que no aparece nada… Ninguna revelación. Ningún “ahora entiendo”.
Y ahí se presenta la incomodidad.
Porque estamos bastante acostumbrados a que las cosas sirvan para algo. A que haya un resultado, aunque sea mínimo. Y así, es como aparece una tentación bastante conocida: la de forzar una interpretación, un sentido. Forzar una conclusión que cierre la experiencia y al menos deje la sensación de que sucedió algo.
Pero en ese movimiento, lamentablemente, el símbolo pierde todo su sentido.
Porque ahí deja de ser un espacio abierto para volverse un recurso tranquilizante. Algo que usamos para no sostener lo que todavía no entendemos, pues al no poder reconocerlo suena casi a una amenaza.
Y eso pasa más de lo que parece. El símbolo, usado así, ordena rápido pero también achata. Lo vuelve predecible, manejable. Un símbolo-títere a nuestro servicio. Y, en el fondo, inofensivo.
Sin embargo, si uno mira un poco atrás, en ciertas tradiciones antiguas, aparece otra lógica. En los ritos de iniciación, por ejemplo, no se trataba de “entender” algo. No había una explicación final que ordenara la experiencia.
Había imágenes. Gestos. Recorridos. Y, sobre todo, había momentos de desconcierto.
Descensos. Pérdidas de referencia. Instancias donde lo que se veía no cerraba.
En la tradición órfica, ese descenso no era un error del proceso.
Era el proceso.
Atravesar lo que no se entiende. Quedarse ahí el tiempo suficiente como para que algo cambie pero no porque alguien lo explique, sino porque algo se reordena desde otro lugar.
Quizás el problema es que hoy queremos los símbolos… sin ese pasaje.
Queremos la imagen, pero no el tiempo que implica.
Queremos el sentido, pero no el recorrido.
Y entonces los volvemos rápidos. Interpretables. Consumibles. Pero en ese gesto, pierden fuerza.
Trabajar con símbolos, en serio, implica aceptar algo bastante simple y bastante incómodo: no siempre va a haber una respuesta. Pues, a veces, lo único que hay es eso: una imagen que no termina de cerrarse.
Y la decisión, no siempre consciente, de quedarse o salir corriendo.
Quizás entonces no se trate de usar mejor los símbolos sino de algo un poco más incómodo.
Porque, ¿cuántas veces usamos un símbolo para cerrar algo cuando en realidad todavía necesita estar abierto?
Tal vez el trabajo empiece ahí. En volver a darle tiempo.
Espacio.
Cuerpo.
—
María Eugenia
(o, si preferís imaginarlo así, un Conejo Blanco)
Si este tipo de trabajo te resuena y querés profundizarlo en un espacio más sostenido, en breve voy a abrir un lugar para hacerlo.
Y si sentís que preferís trabajarlo de forma individual, también podés escribirme.

