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Ritual 2: La Caridad – Apertura

La semana pasada hablamos de los comienzos.

De ese instante incierto en el que algo termina para que otra cosa pueda nacer. Del coraje necesario para atravesar un umbral y abandonar la seguridad de lo conocido. Jano, con sus dos rostros, nos recordaba que todo inicio exige mirar simultáneamente hacia aquello que dejamos atrás y hacia aquello que todavía no somos.

Pero una vez dado el primer paso, inevitablemente aparece el otro.

Y con él, una pregunta fundamental: ¿cómo nos vinculamos? ¿Desde qué lugar tendemos la mano? ¿Qué significa verdaderamente cuidar?

Esta noche queremos detenernos en una palabra que escuchamos con frecuencia, pero que pocas veces nos permitimos interrogar: la caridad.

Nos enseñaron a dar.

A cuidar.
A sostener.
A estar disponibles para todos.

Pero pocas veces nos enseñaron a preguntarnos:

¿Qué es eso que ofrecés generosamente a los demás, pero todavía no te has permitido ofrecerte a vos mismo?

En la tradición cristiana, la caridad aparece junto a la fe y la esperanza como una de las tres virtudes teologales. Y no deja de ser significativo que estas tres virtudes estén representadas simbólicamente en la Escalera de Jacob.

Ese sueño misterioso en el que Jacob contempla una escalera apoyada sobre la tierra cuyo extremo toca el cielo, mientras ángeles ascienden y descienden por ella.

La escalera es un símbolo del crecimiento espiritual, pero también del esfuerzo humano por elevarse sin desprenderse de la realidad. Cada peldaño implica una conquista interior.

La fe nos invita a confiar incluso cuando no comprendemos del todo el camino.
La esperanza nos permite sostenernos en medio de la incertidumbre.
Y la caridad nos recuerda que ninguna transformación verdadera ocurre en aislamiento.

Sin embargo, tal vez la primera obra de caridad no tenga que ver con lo que damos hacia afuera.

Tal vez consista en dejar de tratarnos como enemigos.

En reconocer nuestra propia vulnerabilidad.
En aceptar que también necesitamos descanso.
Que también necesitamos ternura.
Que también necesitamos ayuda.

Porque antes de sostener, necesitamos aprender a ser sostenidos.

Antes de cuidar, debemos aceptar que hay partes nuestras que también reclaman cuidado.

Y quizás sea precisamente allí donde la caridad deja de ser sacrificio y se convierte en una disposición del alma.

No en una obligación.

No en una renuncia.

Sino en la posibilidad de reconocernos profundamente humanos.

Porque quizás el camino hacia el otro comience, primero, con el regreso hacia nosotros mismos.

Bienvenidos a Ritual.

El camino de vuelta a vos.