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De lo liminal y perenne

En el Universo todo es cíclico, dual y antagónico, logrando así su perfecto equilibrio. Las fiestas ritualistas de los dos San Juan (Bautista y Evangelista), asociadas a los solsticios de verano e invierno, reposan sobre este postulado de regeneración perenne y nos conectan con la idea de nacimiento, desarrollo y finitud, características esenciales de toda creación.

La celebración del solsticio de verano, que es el 24 de junio, está asociada a San Juan Bautista, así como al mediodía, el Sur, el signo de Cáncer y el elemento Agua. En cambio, en su polaridad contraria, la fiesta del solsticio de invierno se lleva a cabo el 27 de diciembre, refiere a San Juan Evangelista y se relaciona análogamente con el Norte, el signo de Capricornio y el elemento Tierra.

Ya los antiguos romanos celebraban anualmente las fiestas solsticiales dedicadas al dios Jano en quien podemos encontrar el mismo simbolismo que se atribuye a San Juan. Jano presidía las fases ascendente y descendente del ciclo anual y era considerado como el portero (IANO – IANITOR – JANITOR “portero” en inglés) que, con sus dos llaves, una de plata y otra de oro abría y cerraba las épocas. De ahí que se le adjudicara tener las claves (llaves) a los misterios ligados a la iniciación. Jano es liminal. Es el portal en sí mismo.

Esas dos llaves se funden simbólicamente al ser representado con dos caras. La que mira hacia la izquierda, relacionada con el pasado, con lo que fuimos, con aquello que elegimos dejar atrás al atravesar una puerta, con el ser profano que muere una vez que damos el primer paso y ponemos en danza el símbolo en un rito de iniciación. Este rostro izquierdo, es el asociado a la llave de plata y a la primera fase de la iniciación donde hay toma de conciencia del sí mismo y el primer paso hacia la trasnmutación del alma.

En el perfil derecho, asignado a la llave dorada, el misterio es el porvenir, lo que aún se desconoce, la incertidumbre, ligado a la segunda fase de la inciación, simbolizado por el elemento noble y meta de los alquimistas como si a través de la luz del oro se iluminara el alma.

Jano es el dios de los cambios, los pasos, las transformaciones, a él se consagran las puertas y los umbrales. Simboliza el devenir de la vida, la evolución. Un mito romano original que no tiene antecedentes en Grecia. Tal fue su fuerza que llegó a dar nombre al primer mes del año (January en ingles, Janvier en francés, Janeiro en portugues y de Janero al español enero) pues comienzo de nuevo ciclo, nueva vida.

Es precisamente por su papel de iniciador en el conocimiento que fue venerado por los Collegia Fabrorum de la Roma Imperial, antecesores directos de los gremios iniciáticos de constructores y artesanos que florecieron en la Edad Media periodo histórico en el que, precisamente, Jano fue reabsorbido en una forma cristianizada de San Juan Bautista y San Juan Evangelista quienes representan las dos modalidades de un mismo ser. Un todo que comprende las polaridades.

Los solsticios, al igual que las figuras de Jano y San Juan, nos marcan el paso de la oscuridad a la luz (del invierno a verano, de la ignoracia al conocimiento) de manera cíclica. A los ojos del profano, el momento de mayor luz es cuando el sol está en su punto más alto, al mediodía, -lo que se conoce como la hora sin sombra- y en el solsticio de verano. En cambio, el iniciado encuentra la Gran Luz en el solsticio de invierno cuando los días se acortan y la oscuridad le gana a la luz, pues en su búsqueda interna, es tras el mayor momento de oscuridad, luego de entregarse a la noche oscura del alma que se logra la alquimización.

María Eugenia Kromholc