
Hoy es mi cumpleaños.
Y mañana hay luna nueva en Leo.
Una luna completamente oscura, sembradora, quieta… pero no dormida.
Una luna que cae, exacta, en el signo del corazón.
Y que sucede en el mismo instante en que el Sol regresa al lugar donde estaba cuando nací.
No es casual. Nada de esto lo es.
Las lunas nuevas siempre abren ciclos, sí. Pero cuando coinciden con el retorno solar, algo más se alinea: se activa el eje fuego.
Se afina la brújula. Se marca el comienzo de algo que no tiene forma todavía… pero que arde.
Un mapa que se reescribe.
Una promesa que se reactiva.
Un pacto que vuelve a pulsar.
Hoy empieza mi nuevo año.
Y no lo digo solo por el calendario.
Lo digo porque algo en mí se está reconfigurando desde lo más profundo.
Como si por fin pudiera decir: “Ahora sí. Desde acá. Así.”
La Luna Nueva en Leo no pide deseos tímidos.
No se trata de escribir una lista y esperar que algo cambie.
Leo te pide otra cosa:
que seas la llama que encendés.
Que tomes el corazón con tus propias manos y lo muestres, latiendo, aun cuando duela.
Que te hagas cargo de lo que amás.
Y que seas fiel a eso.
Este nuevo ciclo me encuentra distinta.
Más fiel a mi voz.
Menos dispuesta a negociar lo que me importa.
Con menos miedo de brillar.
Y más coraje para empezar de nuevo, si es necesario.
La fuerza que se abre hoy no es una fuerza de batalla.
Es la del alma que por fin se pone en el centro.
La que no pide permiso.
La que no se disfraza.
La que sostiene el fuego en silencio cuando nadie mira,
y que, aún así, no deja de arder.
Feliz año nuevo para mí.
Y para quienes sientan que también están por volver a empezar.
Mañana, la luna se apaga para que algo en mí, en vos, vuelva a encenderse.
Gracias a quienes caminan conmigo.
Gracias a esta nueva llama que nace.
Gracias a esta oscuridad fértil que me recuerda
que el corazón también es altar.
Y que desde ahí,
todo puede volver a empezar.











