Hay símbolos que no pertenecen a una religión, ni a una época, ni siquiera a un pueblo. Son anteriores. Se repiten porque tocan una estructura más honda que cualquier dogma. La Pascua -tanto en el judaísmo como en el cristianismo- es uno de esos lugares donde el símbolo insiste.
Antes de ser calendario, fue umbral.
La Pésaj no es solo el recuerdo de una salida histórica de Egipto. Es, en su raíz, el gesto arquetípico de atravesar. Dejar atrás una forma de esclavitud -visible o invisible- y animarse a cruzar hacia otra cosa que todavía no tiene nombre. La sangre en los dinteles, el pan sin fermentar, la prisa: todo habla de un tiempo suspendido, de una ruptura con lo habitual. No hay proceso gradual. Hay corte. Hay decisión.
Y ese mismo pulso, desplazado, reaparece en la Pascua cristiana. Ya no es un pueblo el que atraviesa el desierto, sino una figura que atraviesa la muerte. Pero el símbolo es el mismo: no se trata de evitar el final, sino de atravesarlo. La resurrección no como milagro moral, sino como operación simbólica: algo debe morir para que otra cosa -de otro orden- tenga lugar.
En ambos casos, hay un pasaje. No metafórico en el sentido liviano, sino estructural. Algo se deja atrás sin garantía de lo que vendrá. Y ahí es donde el símbolo empieza a volverse incómodo: porque no se puede mirar sin implicarse.
Pero como todo símbolo potente, con el tiempo se domestica.
A la Pascua se le superponen imágenes más amables, más digeribles. Aparecen los huevos, los conejos, la abundancia primaveral. Restos de antiguos cultos a la fertilidad que se filtraron en la celebración cristiana -y que no son un error, sino otra capa del mismo lenguaje simbólico. El huevo, cerrado y perfecto, contiene una vida que todavía no se manifiesta. Es promesa, pero también encierro. El conejo, prolífico, insiste en la repetición de la vida.
Sin embargo, algo se pierde cuando el símbolo se vuelve decoración.
Porque el verdadero núcleo de la Pascua no tiene que ver con la dulzura, sino con el riesgo. No con celebrar lo que ya floreció, sino con atravesar lo que todavía duele. Tanto en la mesa de Pésaj como en el relato de la Pascua, hay una pedagogía del corte, del umbral, de lo irreversible.
Quizás por eso sigue vigente.
Porque en algún punto -aunque no lo nombremo- todos estamos siempre en una antesala. Algo en nosotros sabe que hay momentos donde no alcanza con entender, ni con acumular herramientas. Momentos donde lo único posible es cruzar.
Y el símbolo, silenciosamente, sigue ahí.
No para ser creído.
Sino para ser atravesado.











