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Más enero que diciembre

Este año me retraje de las fiestas. No quise hacer balances, ni listas, ni inventarios emocionales.

No escribí para fin de año porque sentí que todavía había cosas que necesitaban un cierre.

Y hay cierres que no obedecen al calendario.

Entonces me llamé a silencio.

No por falta de palabras, sino por sentir que no era tiempo de decir.

Cuando no se sabe cómo cerrar, forzar el gesto suele ser una forma de mentirse.

Para muchos, el año que terminó no fue una postal sino una prueba. Un nueve: repliegue, hermitaño, revisión incómoda. Un año que pidió silencio más que brindis. Forzar un cierre prolijo, en ese contexto, me hubiera parecido una forma elegante de no mirar lo que todavía estaba trabajando por dentro.

Poner el foco en lo nuevo no es evasión. Es una forma concreta de colaborar con lo que necesita seguir andando pues, a veces, no se trata de cerrar bien. Se trata de seguir.

Y tal vez esa sea la única honestidad posible para este comienzo: no jurarnos nada imposible, pero tampoco traicionarnos quedándonos quietos. Porque, como escribió Pérez-Reverte con una claridad brutal: “A cada instante se pone a cero el contador y el ser humano tiene un don maravilloso: la oportunidad de empezar e intentarlo de nuevo.”

Eso es un año uno.

No promesa.

Arranque.

Si estas en una así, te leo en comentarios!
Y feliz año 😉