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El idioma que olvidamos

Hay una frase que escucho con frecuencia en las redes a partir del boom del Tarot.

“Todo es un símbolo.”

Y cada vez que la escucho me pasa lo mismo.

Me dan ganas de responder: No. Justamente no.

Porque si todo fuera un símbolo, la palabra símbolo dejaría de tener sentido.

Un semáforo no es un símbolo.

La señal de “prohibido estacionar” tampoco.

Una palabra, en principio, tampoco.

Todos ellos cumplen una función muy distinta.

Nos informan.

Nos indican.

Nos permiten movernos por el mundo sin demasiadas dudas.

Cuando el semáforo se pone rojo, nadie se pregunta qué quiso decir.

Todos sabemos.

Y justamente por eso funciona.

Los semiólogos llaman a eso signo.

Un signo tiene un significado acordado.

Existe para reducir la ambigüedad.

Para que dos personas entiendan lo mismo.

El símbolo hace exactamente lo contrario.

No reduce el sentido.

Lo multiplica.

Por eso un árbol nunca es solamente un árbol.

El agua nunca es solamente agua.

Una puerta puede ser una puerta…

o un umbral.

Una montaña puede ser una montaña…

o el lugar donde el hombre se encuentra con los dioses.

Y una serpiente puede anunciar tanto la muerte como la curación.

No porque el símbolo sea confuso.

Sino porque habla otro idioma.

Uno que nuestra cultura fue dejando de enseñar.

Durante siglos aprendimos a leer y escribir signos.

Pero dejamos de aprender a leer símbolos.

Y, sin embargo, seguimos rodeados de ellos.

Aparecen en los sueños.

En los cuentos que más nos conmueven.

En las películas que volvemos a ver una y otra vez.

En las historias familiares que parecen repetirse generación tras generación.

Aparecen incluso cuando creemos que estamos siendo completamente racionales.

Porque el símbolo no pide permiso.

Simplemente insiste.

Tal vez por eso los antiguos no estudiaban los símbolos como quien memoriza un diccionario.

Los habitaban.

Los representaban.

Los ritualizaban.

Sabían que un símbolo no era una definición.

Era una experiencia.

Y quizás ahí esté una de las grandes diferencias entre conocer algo… y transformarse por eso.

Podemos leer cien libros sobre el fuego.

Y seguir sin comprender qué significa reunirse alrededor de una hoguera.

Podemos estudiar durante años el significado del agua.

Y no entender nunca qué siente alguien cuando emerge de un bautismo o de una inmersión ritual.

Hay conocimientos que se incorporan con la cabeza.

Y otros que necesitan atravesar el cuerpo.

Quizás por eso el espacio que hace unos días les presenté se llama Ritual.

No porque me interesen los rituales como curiosidad histórica.

Sino porque fueron, durante miles de años, la manera en que las comunidades aprendían este otro lenguaje.

El lenguaje de las imágenes.

Del mito.

Del número.

Del gesto.

Un lenguaje que no busca informar.

Busca transformar.

Y sospecho que esa diferencia es más urgente hoy que nunca.

Vivimos saturados de información.

Nunca fue tan fácil acceder a datos.

Pero, al mismo tiempo, pocas veces estuvimos tan desorientados respecto del sentido.

Tal vez no necesitemos más respuestas.

Tal vez necesitemos volver a aprender un idioma.

El que siempre estuvo ahí.

Esperando que alguien volviera a escucharlo.

La pregunta no es si los símbolos todavía tienen algo para decirnos.

La pregunta es otra: ¿hace cuánto que dejaste de hablar el idioma en el que ellos responden?

María Eugenia

(o, si preferís imaginarlo así, un Conejo Blanco).